miércoles, 23 de enero de 2008

Génesis de una acuarela



Lentamente trazo las líneas y formo a lápiz un dubitativo e impreciso dibujo. Preparo los pigmentos humildes de las acuarelas. Con mis colores favoritos: violeta cobalto, gris payne, azul ultramar, rojo cadmio, ocre oro, tierra sombra, negro óxido de hierro o amarillo limón, me recreo y les dedico más tiempo. Los diluyo a voluntad, formo aguadas con ellos, graduaciones, tonalidades distintas… disfruto con su visión y textura.
Comienzo con pinceladas que me gustaría fueran rápidas, insinuantes, precisas, brillantes… pero van surgiendo dubitativas, dolientes y, muchas veces, espesas y oscuras.
Avanzo con dificultad y sufro con la germinación de las formas. A menudo me paraliza el miedo al error y al vacío, pero el papel húmedo y pletórico me urge. A veces paro exhausto y quiero abandonar, pero la obra incompleta gime y me reclama. Vuelvo a ella casi avergonzado, la retomo y le prometo fidelidad.
Al cabo de largas horas, la doy, a mi pesar, por terminada y la dejo secar. A veces, le agrego un breve toque de acrílico puro.
A la mañana siguiente, con las primeras luces, vuelvo a ella y la acuarela ya es otra. Los tonos se han sedimentado y dulcificado; se han apagado levemente, la acepto en su imperfección afirmada, la amo y me reconcilio, otra vez, con los colores.
Entonces me viene a la memoria uno de mis poemas:

Tenemos dentro
pequeñas constelaciones
que nos rigen.

Un orden de planetas y asteroides.

Y un dios tenaz y oculto,
que nos dicta la belleza.



Texto y acuarela: © Felipe Sérvulo
Acuarela: "Vega", de la serie "Más allá de Orión"
Mi obra gráfica: ARTELISTA

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